19 de abril de 2012

IV Domingo de Pascua

“Den gracias al Señor por es bueno, porque es eterno su amor” cantamos con alegría en el salmo de este Domingo del Buen Pastor. Ese título de Cristo nos habla elocuentemente de la misericordia del Resucitado. Jesús es el que ha cruzado las fronteras de la muerte y puede conducirnos a través de ellas a la vida eterna. Nosotros somos ahora el débil rebaño del Hijo de Dios que recibe de su Pastor el agua, la unción y la mesa donde somos iniciados como hijos adoptivos del Padre Celestial; por eso pedimos hoy que toda la Iglesia, y dentro de ella quienes ejercen por vocación de Cristo su ministerio pastoral, tenga parte de la admirable victoria del Resucitado.
No todas las ovejas están en el corral. Hay otras que vagan extraviadas y se encuentran quizás muy lejos y en grande peligro. Jesús, como Buen Pastor, va a buscarlas (Jn. 10, 11-18). Así es nuestro “Amigo Fiel”.
Pedro predicaba explícitamente esta realidad de la protección misericordiosa de Jesús que, crucificado y resucitado, es nuestro único Salvador (Hch. 4, 8-12). Somos hijos de una Dios, a quien veremos tal cual es (I Jn. 3, 1-2).


12 de abril de 2012

III Domingo de Pascua


La Liturgia continúa hablándonos hoy de la resurrección de Cristo y, en particular, de una manifestación del Resucitado a los apóstoles en el Cenáculo (Lc. 24, 35-48). Lucas relata este episodio insistiendo mucho en el realismo de la resurrección: “Toquen y vean, que un fantasma no tiene carne y hueso, como ven yo tengo”. Tras haber mostrado a los discípulos que ha resucitado de verdad con su cuerpo, Jesús, para fundamentar su fe, les dice: “Tenía que cumplirse en mí todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los profetas y los salmos”. Solo podremos reconocer al Resucitado si asimilamos la enseñanza de la Biblia y predicciones en nuestra vida diaria.
En la primera lectura (Hch. 3, 13-19), Pedro amonesta al pueblo judío su actitud deplorable de la muerte de Jesús; pero luego los invita a convertirse, pues el Maestro asumió la muerte para darnos vida. La segunda lectura (II Jn. 2, 1-5) completa la enseñanza con las otras dos, describiendo de un modo más preciso la situación de los cristianos tras el bautismo. Ya no pueden ni deben pecar, porque han recibido la gracia, la fuerza de la resurrección, a fin de resistir victoriosamente a todas las fuerzas del mal.

6 de abril de 2012

II Domingo de Pascua

Lo que da personalidad a este domingo es la reiterada aparición de Jesús al cumplirse los ocho días de Pascua. Con mucha misericordia, el Resucitado da paz y consuelo a los suyos y no solo los libera de la culpabilidad sino que cuenta con ellos para la Misión.
La institución del “Día del Señor”, en sustitución del venerado sábado, tuvo lugar a causa de estos encuentros con el Resucitado. Por eso la misma existencia del domingo cristiano, que deja atrás al Antiguo Testamento, es una de las principales pruebas de la veracidad de la resurrección y de la manifestación de Jesucristo a sus elegidos.
La importancia de lo dicho se refuerza al leerse todos los años el mismo pasaje (Jn. 20, 19-31) donde se relatan aquellos hechos. Ahora somos nosotros quienes recibimos la felicitación del Señor: “Dichosos los que creen sin haber visto”.
La Palabra de hoy da testimonio de la ejemplar vida de unión y fraternidad  de los primeros cristianos (Hch. 4, 32-35) y el gran valor de su fe, que ha de mostrarse en el amor a Dios y a los hombres (I Jn. 5, 1-6).

29 de marzo de 2012

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

El misterio de la pasión de Jesucristo se nos hace presente ya con toda su fuerza a través de las lecturas de esta misa en la que, previamente, con la Procesión de Ramos, hemos reconocido a Jesús como Rey y Mesías. Recordamos, pues, la entrada solemne de Cristo en Jerusalén para consumar su misterio pascual. La procesión inicial se hacía ya en Jerusalén durante el siglo V, recorriendo el mismo itinerario de aquella memorable entrada, y posteriormente se comenzó a realizarse en iglesias de Occidente. Comienza así para el cristiano una semana intensa de oración y penitencia, de meditación y liturgia.
El profeta (Is. 50, 4-7) presenta la figura del "Siervo de Yahvé", que prefigura a Jesucristo en la pasión e ilustra su sentido expiatorio abierto a la esperanza.
Pablo comparte con nosotros un himno muy antiguo (Flp. 2, 6-11) en el que se ensalza la humildad de Jesucristo y se proclama su exaltación a la gloria como respuesta del Padre a su obediencia. 
Escuchemos con atención el relato de la Pasión según San Marcos (Mc. 14, 1-15. 47) para que redescubramos en él todo el amor desinteresado de un Dios con nosotros.

Pascua de Resurrección

Este es el día en que actuó el Señor. ¡El Señor ha resucitado: Aleluya! El Señor ha vencido a la muerte y nos ha devuelto la vida. Hoy es un día de bendición, de alabanza y de acción de gracias. Cristo, nuestra luz, aparece en la noche disipando las tinieblas del pecado y de la angustia. Las oraciones de esta eucaristía insisten en pedir la participación plena en las gracias del misterio de Cristo. San Pedro, quien comió y bebió de Jesús resucitado, pregona la buena nueva de la resurrección (Hch. 10, 34. 37-43). San Pablo nos exhorta a que, muertos al pecado y resucitados con Cristo por el bautismo, llevemos una vida nueva, para ser con Él glorificados (Col. 3, 1-4).
En el evangelio (Jn. 20, 1-9) vemos las idas y venidas que María Magadalena, Pedro y Juan hicieron en el sepulcro, la madrugada del Domingo de Pascua. Todavía no habían la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos; pero les toca ser testigos de que la tumba está vacía y que no hay que buscar allí al resucitado. Con la Pascua, el Señor da un paso, de la muerte a la vida plena, a la vida eterna, y es una invitación personar para que también tengamos una Pascua interior, donde pasemos del egoísmo a la generosidad, de la soberbia a la humildad, del odio al amor. En este tiempo tan lindo vivamos con alegría en la Vida, Jesucristo.