“Den gracias al Señor por es bueno, porque es eterno su amor” cantamos con alegría en el salmo de este Domingo del Buen Pastor. Ese título de Cristo nos habla elocuentemente de la misericordia del Resucitado. Jesús es el que ha cruzado las fronteras de la muerte y puede conducirnos a través de ellas a la vida eterna. Nosotros somos ahora el débil rebaño del Hijo de Dios que recibe de su Pastor el agua, la unción y la mesa donde somos iniciados como hijos adoptivos del Padre Celestial; por eso pedimos hoy que toda la Iglesia, y dentro de ella quienes ejercen por vocación de Cristo su ministerio pastoral, tenga parte de la admirable victoria del Resucitado.
No todas las ovejas están en el corral. Hay otras que vagan extraviadas y se encuentran quizás muy lejos y en grande peligro. Jesús, como Buen Pastor, va a buscarlas (Jn. 10, 11-18). Así es nuestro “Amigo Fiel”.
Pedro predicaba explícitamente esta realidad de la protección misericordiosa de Jesús que, crucificado y resucitado, es nuestro único Salvador (Hch. 4, 8-12). Somos hijos de una Dios, a quien veremos tal cual es (I Jn. 3, 1-2).



